San Pedro Bautista

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Pedro Bautista, testigo de la fe

En el seno de una familia muy cristiana formada por Pedro Blázquez Herrero y María Blázquez, nace Pedro, al que se unieron cuatro hermanas más, en el pueblo de San Esteban del Valle, situado en el hermoso entorno denominado El Barranco de las cinco Villas, enclavado en la parte oriental de la sierra de Gredos. La casa natal está actualmente convertida en capilla, edificada en el año 1.682.

San Esteban del Valle

No está claro el año del nacimiento que parece fue entre los años 1.544 ó 1.545. Durante la infancia se entretiene en hacer cruces con dos palitos que entrega a sus amigos para después hacer una procesión por el pueblo.

Cuando aprende las primeras letras, da muestras de su gran ingenio, por lo que su padre le envía a continuar sus estudios al pueblo de Mombeltrán, donde aprende latín y cosmografía. Posteriormente, con el fin de ampliar sus conocimientos, se traslada a Oropesa (Toledo) donde cursa estudios en el colegio de los Padres de la Compañía de Jesús.

También estudia música durante dos años en la catedral de nuestra ciudad, pero donde realmente recibe una formación superior es en Salamanca, donde cursa estudios de Filosofía y Teología a lo largo de seis años y donde recibe la llamada de Dios al sacerdocio recibiendo las sagradas Ordenes hasta el diaconado, siendo posteriormente ordenado sacerdote en Ávila por el obispo Don Álvaro de Mendoza. Su mayor deseo es entonces consagrarse a Dios en una orden religiosa y pone sus ojos en la Orden de San Francisco, la cual había sido recientemente reformada por fraile Pedro de Alcántara. Toma esta decisión no sin antes consultarlo con su padre, que le aconseja lo piense bien durante unos meses.

Capilla en San Esteban del Valle

Pedro obedece a su progenitor y lleva durante este tiempo una vida de oración y penitencia. Cuenta la tradición que de noche se levantaba de la cama y se echaba a dormir sobre un arca. De la madera de esta arca se hizo después una cruz con lanzas que fue regalada en el año 1.702 por su propietaria Doña Catalina González Villacastín para la capilla del santo, siendo llevada en procesión y colocada en la pared del lado de la epístola, cerca del altar.

Resuelto ya a dejar el mundo y previa petición al Provincial de los Descalzos de la provincia de San José, es admitido en la Orden.

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Hacia Méjico

Con las primeras luces del alba parte Pedro hacia el convento de San Andrés del Monte (hoy llamado de San Pedro de Alcántara) que dista dos kilómetros de localidad de Arenas de San Pedro. Allí es recibido por el padre guardián fray Gabriel de la Soledad, y el día 24 de junio de 1.567 toma el hábito de franciscano descalzo.

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Su vida de novicio es austera, contemplativa y penitente y se empapa del espíritu de sus santos padres Francisco de Asís y Pedro de Alcántara. Una vez finalizado el año de noviciado hace su profesión solemne el día 24 de junio de 1.568, día de San Juan Bautista, y en su honor, toma el sobrenombre de Bautista, con el que es nombrado en adelante.

Como era muy buen orador, le envían sus superiores a predicar en las iglesias de la zona. Posteriormente aprovechando sus grandes conocimientos da clases de filosofía en el convento que la orden tiene en Peñaranda. No pasan desapercibidas sus dotes de gobierno y es enviado como Guardián primero al convento de Cardillejo, junto a Fontiveros, y después al de Mérida. Corría el año 1.579.

Sigue con su labor formativa y prepara a un grupo de compañeros para pasar a Méjico y de allí a Filipinas. Pide, y lo consigue, que le alisten con ellos. A finales del mes de julio de 1.581 desembarcan en Méjico los treinta y dos compañeros seleccionados.

Durante tres años fray Pedro ejerce su ministerio en estas tierras como celoso misionero tanto de españoles como de indios convertidos y haciendo frecuentes excursiones, a veces con peligro de su vida, en busca de indios para convertir.

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La llegada a Filipinas

En el año 1.584 sus superiores le nombran Comisario visitador de la custodia y parte hacia Filipinas. Pedro llega a Filipinas en calidad de Comisario visitador de la custodia que la Orden tenía en aquellas islas. Era entonces Manila una pequeña ciudad de ochenta vecinos dentro de las murallas, pero en las afueras vivían muchas familias de tagalos (indios de la tierra). Había tres comunidades religiosas: agustinos, franciscanos descalzos y jesuitas; la única parroquia era la catedral.

Una vez instalado se dedica a visitar las cristiandades que cuidaban los franciscanos descalzos, predicando, confesando y aprendiendo las lenguas tagala y japonesa.

En el año 1590 funda Pedro el convento de San Francisco del Monte, cerca de la capital. Funda también dos pequeños hospitales en este año.

En mayo de 1593 es nombrado embajador en Japón por el Gobernador de Filipinas. Habían pasado nueve años desde su llegada a las islas.

La navegación entre Filipinas y Japón duraba un mes, aproximadamente.

El país estaba dividido en sesenta y seis provincias, al frente de cada una de ellas estaban los llamados tonos o reyes.

Después de unos años de relativa tranquilidad, muere el gobernador Nobunanga, al que sucede Cambacu, que al poco tiempo lanza un edicto de destierro contra los misioneros. Se prohíbe en Japón predicar la ley cristiana. Corría el año 1.590. La mayor parte de los misioneros quedaron ocultos disfrazados de bonzos. A pesar de ello el cristianismo retrocede sensiblemente durante este tiempo.

Es tiempo de disputas entre castellanos y portugueses e, incluso, entre los jesuitas que prohíben la entrada a todo religioso que no perteneciera a su orden.

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Primeros pasos en Japón

Una vez superados todos los problemas con la intervención del Papa Sixto V y del rey Felipe II, el Gobernador de Manila envía a Japón a Pedro en calidad de Embajador embarcando junto con otros frailes.

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Gran contento tuvieron las comunidades cristianas al ver nuevamente a fray Pedro y sus compañeros. Al mismo tiempo Pedro consigue restablecer las relaciones diplomáticas entre Manila y Japón, lo que hizo posible el regreso de la congregación de franciscanos descalzos.

La penitencia y la vida austera de los frailes les hacen ganarse el respeto de la población. Fruto de ello fue la conversión de León Karatsuma que había sido bonzo. León se integra plenamente con los franciscanos siendo de gran ayuda, trayendo a otros japoneses a la comunidad cristiana.

Pasando el tiempo, Pedro acomete la idea de construir un convento y una iglesia en Meaco, ayudado por las limosnas y el trabajo físico de la comunidad que se ha formado. El día primero del año 1.596 comienzan los frailes la vida conventual en el convento junto con tres frailes que acuden desde Manila, solicitados por fray Pedro, con el objetivo de fundar un nuevo convento en la ciudad de Nagasaki, hacia donde parte con el portugués fray Jerónimo.

Antes de partir deja el encargo de construir un hospital en Meaco a fray Gonzalo y a León Karatsuma.

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Primeras fundaciones, primeras persecuciones

En Diciembre del año 1594, llegan a Nagasaki fray Pedro y fray Jerónimo. No son fáciles los primeros pasos para la fundación del convento de esta ciudad por la fuerte oposición de los jesuitas portugueses. Finalmente, los dos frailes se retiran a ejercitar su ministerio sacerdotal en la pequeña iglesia de un hospital.

Sin embargo, surgen nuevos problemas: los hermanos de la cofradía de la Misericordia, que regentaban el hospital, con el consentimiento del gobernador Terazava, les echan de la ciudad prohibiéndoles fundar en el territorio de su jurisdicción.

En octubre de 1595 regresan fray Pedro y fray Juan Pobre, enviado por el Provincial para acompañarle, a la ciudad de Meaco, donde ya habían fundado un hospital al que llamaron de “Santa Ana”, pero como éste no era suficiente para acoger al gran numero de enfermos que cuidaban, fundaron el de “San José”.

El acoso de la Compañía de Jesús hacia los frailes de San Francisco no cesa, por lo que los propios enfermos salen en defensa de los franciscanos que, mediante escritos, revelan la magnifica labor que están llevando a cabo los religiosos.

Por si faltaban enemigos, uno nuevo se iba a sumar a los ya existentes: los monjes bonzos. Envidiosos éstos del éxito de una escuela fundada por fray Pedro en la que acogían a niños huérfanos, no cesan hasta que logran  su cierre.

Sin embargo, poco a poco, la gente va viendo la caridad con la que los frailes tratan a los enfermos, lo que crea una corriente de simpatía hacia el cristianismo y a la creación de una floreciente comunidad cristiana entre la población japonesa.

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Recelos dentro y fuera de la Iglesia

San Pedro Bautista, a pesar de los problemas, con su perseverancia fue acercando a los japoneses a la fe de Cristo y la Iglesia. De esta forma, consiguen llevar a efecto dos nuevas fundaciones en Osaka y Sacay. La vida en Meaco, afortunadamente, transcurría bautizando a gentiles y volviendo a la fe a gran número de renegados. La cristiandad de Japón es ahora floreciente. Pero nuevas tribulaciones se ciernen sobre la comunidad cristiana.

El primer obispo que entró en Japón fue don Pedro Martínez, portugués, enemigo de todo lo que era castellano y, por tanto, también de fray Pedro y sus frailes. El día 15 de Septiembre del año 1596, prohíbe a todo cristiano oír misa y confesarse en la pequeña iglesia que los frailes tienen en Nagasaki, ordenando a los franciscanos que vuelvan a Filipinas.

En este mismo mes se produce en Japón un espantoso terremoto muriendo millares de personas. En Meaco se derrumba parte del hospital, no padeciendo daño alguno el convento y la iglesia de los frailes.

Sigue creciendo el recelo a los franciscanos por parte del Obispo D. Pedro Martínez, ya que considera que Japón es una conquista portuguesa y, a ellos solos, les corresponde evangelizar. El naufragio de un galeón español en las costas japonesas incrementa el odio hacia los españoles. La manipulación de los hechos, tomando a los tripulantes por corsarios y con el animo de quedarse con la carga de sedas que transportaba, llevan al gobernador de Osaka a poner guardas en las dos casas de religiosos que había en Osaka, la de los franciscanos y la de los jesuitas, por desconocimiento de que convento era de una u otra orden.

Como el enojo del Gobernador era principalmente contra los franciscanos, manda el día 8 de diciembre de 1596 arrestar a los frailes. Comienzan a correr los rumores de que al día siguiente degollarían a los frailes y a los cristianos.

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El martirio

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Ya en el lugar del suplicio colocan a cada uno enfrente de su cruz; comienzan a despedirse unos de otros abrazándose y dándose el parabién de tan dichosa suerte, y los japoneses, besando las manos de fray Pedro, después cada uno se abraza con la cruz que le señalan y se tienden en ella para ser crucificados. Son fijados en las cruces con cinco argollas: una en la garganta, dos en las muñecas y dos en los tobillos. A continuación levantan todas las cruces a la vez entre el griterío de la gente que, en número de cuatro mil, se habían congregado en el calvario. Los Mártires oran en silencio, otros cantan salmos, otros perdonan a sus enemigos y verdugos mientras los cristianos presentes lloran desconsoladamente pidiendo a Dios por ellos.

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Los verdugos comienzan a lancear a los Mártires clavándoles dos lanzas, una por cada costado en dirección al hombro opuesto, con lo que la muerte es rápida. El ultimo en recibir este cruel martirio es fray Pedro que pudo ver la muerte de todos sus compañeros:
Francisco Cayo, Cosme Takeya, Pedro Sukeshiro, Miguel Kosaki, Diego Kisay, Pablo Miki, Pablo Ibarki, Juan de Goto, Luisito (niño de doce años), Antoñito (niño de trece años), Fray Martín de la Ascensión, Fray Felipe de Jesús, Fray Gonzalo García, Fray Francisco Blanco, Fray Francisco de San Miguel, Matías (cocinero), León Karatsuma, Ventura, el niño Tome Kosaki, Joaquín (cocinero en Osaka), Francisco Kichi (medico),Tome Danki, Juan Kizuya, Gabriel Duisko y Pablo Suzuki.

El 14 de Septiembre de 1.627, el Papa Urbano VIII beatifica a todos los mártires. El día 8 de Junio de 1.862 son canonizados por el Papa Pio IX, celebrándose una gran ceremonia en la basílica de San Pedro, en Roma.

Actualmente existe en Nagasaki, en el mismo lugar del martirio, una iglesia dedicada a los santos Mártires.

José Luis Muñoz

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